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Moreno, J., Rodríguez, A. y Vásquez, M. (2026). Sinergia entre el microbioma humano y el sistema
nervioso central. Dialógica, Revista Multidisciplinaria, 23(2), 391-413.
https://doi.org/10.56219/dialgica.v23i2.5885
Universidad Pedagógica Experimental Libertador
Vicerrectorado de Investigación y Postgrado
Instituto Pedagógico “Rafael Alberto Escobar Lara”
Subdirección de Investigación y Postgrado
Autor: Joel Moreno
joel.moreno@upel.edu.ve
https://orcid.org/0009-0004-1476-4797
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay
Maracay, Aragua – Venezuela
Autora: Andreina Rodríguez
andreina.rodriguez.ipmar@upel.edu.ve
https://orcid.org/0009-0005-4846-8547
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay
Maracay, Aragua – Venezuela
Autora: Mayra Vásquez
mayra.vasquez.ipmar@upel.edu.ve
https://orcid.org/0000-0002-7403-7426
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay
Maracay, Aragua – Venezuela
PP. 391-413
SINERGIA ENTRE EL MICROBIOMA HUMANO Y EL SISTEMA NERVIOSO
CENTRAL
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SINERGIA ENTRE EL MICROBIOMA HUMANO Y EL SISTEMA NERVIOSO CENTRAL
Autor: Joel Moreno
joel.moreno@upel.edu.ve
https://orcid.org/0009-0004-1476-4797
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay
Maracay, Aragua – Venezuela
Autora: Andreina Rodríguez
andreina.rodriguez.ipmar@upel.edu.ve
https://orcid.org/0009-0005-4846-8547
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay
Maracay, Aragua – Venezuela
Autora: Mayra Vásquez
mayra.vasquez.ipmar@upel.edu.ve
https://orcid.org/0000-0002-7403-7426
UPEL- Instituto Pedagógico de Maracay Maracay,
Aragua – Venezuela
Recibido: Enero 2026
Aceptado: Abril 2026
Resumen
El artículo analiza la relación intrínseca entre la microbiota intestinal y la activación del
nervio vago como vía de comunicación neurobiológica. El propósito fundamental radica en
comprender cómo la estimulación de estas fibras neuronales impacta en la homeostasis
sistémica del huésped. La investigación adopta una metodología cualitativa documental,
descriptiva y reflexiva fundamentada en una revisión bibliográfica exhaustiva de literatura
científica de alto impacto. Los hallazgos sugieren que el nervio vago actúa como un sensor
químico capaz de transformar estímulos microbianos en señales eléctricas que regulan
procesos inflamatorios y emocionales. El estudio concluye que la diversidad del bioma
entérico resulta indispensable para el mantenimiento de la salud mental y la estabilidad
del sistema nervioso central. Esta red de señalización bidireccional abre nuevas fronteras
en la medicina preventiva y la psiquiatría nutricional contemporánea.
Palabras clave: fisiología, microbiología, salud mental, sistema nervioso.
SYNERGY BETWEEN THE HUMAN MICROBIOME AND THE CENTRAL NERVOUS SYSTEM
Abstract
The article analyzes the intrinsic relationship between the gut microbiota and vagus nerve
activation as a neurobiological communication pathway. The fundamental purpose is to
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understand how the stimulation of these neuronal fibers impacts the host's systemic
homeostasis. The research adopts a qualitative documentary methodology based on a
comprehensive literature review of high-impact scientific literature. The findings suggest
that the vagus nerve acts as a chemical sensor capable of transforming microbial stimuli
into electrical signals that regulate inflammatory and emotional processes. The study
concludes that the diversity of the enteric microbiome is essential for maintaining mental
health and the stability of the central nervous system. This bidirectional signaling network
opens new frontiers in preventive medicine and contemporary nutritional psychiatry.
Key words: physiology, microbiology, mental health, nervous system.
Introducción
El microbioma humano representa una frontera esencial de la biosfera donde la vida
depende de una red intrincada de simbiontes para su desarrollo evolutivo y fisiológico.
Como bien señala Embree (2024), los microorganismos no operan de forma aislada, sino
que coexisten en comunidades dinámicas en las que la colaboración y la competencia
definen el equilibrio de ecosistemas tan diversos como los océanos profundos o el propio
tejido humano.
Esta omnipresencia y la complejidad reveladas por la ecología microbiana nos
obligan a reflexionar sobre nuestra propia identidad biológica, pues no somos entidades
autónomas, sino el resultado de interacciones funcionales con una diversidad de especies
que desempeñan papeles únicos e insustituibles. Comprender que estas relaciones en
comunidades heterogéneas son la base de la salud y la estabilidad ambiental permite
visualizar a la microbiota no solo como un componente estratégico, sino como un pilar
fundamental de la arquitectura de la vida en todas sus escalas.
La simbiosis entre el ecosistema microbiano intestinal y el sistema nervioso central
representa uno de los hallazgos más disruptivos de la neurobiología contemporánea. El
conjunto de microorganismos que habitan el tracto digestivo, conocido como microbiota,
no solo cumple funciones metabólicas, sino que actúa como un órgano endocrino
dinámico. Esta red de comunicación bidireccional, denominada eje microbiota-intestino-
cerebro, utiliza vías bioquímicas y eléctricas para modular la conducta y la salud mental. El
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presente artículo reflexivo analiza la influencia de los metabolitos bacterianos en la
activación del nervio vago. El propósito fundamental radica en comprender cómo la
estimulación de estas fibras neuronales impacta en la homeostasis sistémica del huésped.
Esta interconexión se fundamenta en la capacidad de las bacterias intestinales para
sintetizar neurotransmisores y metabolitos neuroactivos, tales como el ácido gamma-
aminobutírico (GABA), la serotonina y los ácidos grasos de cadena corta (butirato). Estas
sustancias no solo actúan a nivel local, sino que poseen la facultad de interactuar con los
receptores de las fibras aferentes del nervio vago, el cual funciona como una autopista de
información biológica que conecta el lumen intestinal con el núcleo del tracto solitario en
el tallo cerebral.
A través de este mecanismo, las señales microbiológicas se traducen en impulsos
eléctricos que pueden modificar la neuroinflamación y la plasticidad sináptica, y de este
modo posicionan a la microbiota como un determinante crítico en la etiología de diversos
trastornos neuropsiquiátricos y neurodegenerativos.
Más allá de la transmisión de señales, el estudio de este eje revela una sofisticada
integración inmunológica en la cual el nervio vago ejerce una función eferente a través del
reflejo inflamatorio. Esta vía colinérgica permite que el cerebro regule la permeabilidad
intestinal y la respuesta inmune de la mucosa, lo que crea un bucle de retroalimentación
esencial para la estabilidad fisiológica.
Al profundizar en la activación vagal mediada por simbiontes, surge la posibilidad de
desarrollar estrategias terapéuticas innovadoras, como los psicobióticos o la estimulación
vagal no invasiva, orientadas a restaurar el equilibrio sistémico. Por lo tanto, desentrañar
la complejidad molecular de estas interacciones no solo expande el horizonte de la
neurobiología, sino que redefine nuestra comprensión de la identidad biológica humana
como un holobionte en constante comunicación química.
Esta investigación adoptó un enfoque cualitativo documental fundamentado en la
revisión bibliográfica de literatura científica reciente. El proceso de recolección de datos
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priorizó estudios clínicos, metaanálisis y artículos de revisión indexados en bases de datos
de alto impacto, así como también patentes relacionadas, cuyo conocimiento científico
fue resguardado por sus autores a través de la Organización Mundial de la Propiedad
Intelectual (OMPI) por su relevancia. Se seleccionaron fuentes que abordan la interacción
molecular entre bacterias comensales y aferencias vagales. El análisis de la información se
realizó mediante una técnica de triangulación teórica para garantizar la validez de las
reflexiones expuestas. La síntesis crítica permite estructurar un cuerpo doctrinal
coherente sobre la neuroinmunología del tracto digestivo.
Para la conformación del corpus documental, se ejecutó una búsqueda sistemática
en plataformas de referencia como PubMed, ScienceDirect, Scopus y Google Patentes,
empleando descriptores específicos en español e inglés, tales como eje microbiota-
intestino-cerebro, nervio vago y neuroinmunología. La selección final comprendió un total
de cuarenta y cinco fuentes bibliográficas, elegidas en función de sus hallazgos y
pertinencia temática directa con los mecanismos de señalización bidireccional, sin límite
de antigüedad, ya que por su naturaleza científica no caducan en el tiempo y aún son
necesarias para explicar la evolución del conocimiento como argumento de este artículo.
Se excluyeron aquellos trabajos con sesgos metodológicos evidentes o que no presentaran
una revisión por pares, garantizando así que la base de la evidencia conserve el rigor
científico necesario para sustentar las inferencias de la investigación.
La gestión de la información recolectada se organizó mediante matrices de análisis
de contenido, las cuales permitieron categorizar la información en ejes temáticos
fundamentales. Este ordenamiento facilitó una fase de análisis profundo reflexivo en el
que se aplicó la técnica de análisis crítico-sintético, contrastando las diversas posturas de
los autores seleccionados para identificar puntos de convergencia y discrepancias gracias
a la triangulación teórica. Mediante este procedimiento, se logró reflexionar sobre la
complejidad de la comunicación neuroinmune, lo cual permitió transformar la información
aislada sobre esta temática en una estructura organizada que describe de manera integral
cómo la microbiota intestinal influye en la homeostasis del sistema nervioso central a
través de la vía vagal.
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Interdependencia entre la señalización nerviosa y la función visceral: Un análisis
sistémico
El nervio vago constituye la principal ruta de comunicación física entre las vísceras y
el tallo cerebral. Sus fibras aferentes detectan señales químicas producidas por la
microbiota, como los ácidos grasos de cadena corta. Estos compuestos, derivados de la
fermentación de fibras dietéticas, poseen la capacidad de activar receptores específicos
en las terminaciones nerviosas. La presencia de bacterias beneficiosas, como Lactobacillus
y Bifidobacterium, se correlaciona con una mayor actividad del tono vagal. Este fenómeno
sugiere que la composición del bioma intestinal dicta, en gran medida, la respuesta al
estrés del individuo.
La microbiota secreta neurotransmisores de forma autónoma, tales como
serotonina, dopamina y ácido gamma-aminobutírico. Aunque estos químicos no cruzan
directamente la barrera hematoencefálica, estimulan los receptores del nervio vago
localizados en la mucosa intestinal. Esta señalización eléctrica viaja hacia el núcleo del
tracto solitario en el cerebro, donde se procesa la información sensorial. La integridad de
esta vía resulta vital para la regulación de procesos inflamatorios y emocionales. Una
alteración en la diversidad bacteriana, o disbiosis, interrumpe este flujo de datos esencial.
La estimulación del nervio vago ejerce un efecto antiinflamatorio potente a través
de la vía colinérgica. Las señales que parten del intestino informan al cerebro sobre la
presencia de patógenos o toxinas bacterianas. En respuesta, el sistema nervioso modula la
liberación de citoquinas proinflamatorias en el bazo y otros órganos.
Esta conexión demuestra que el equilibrio microbiano protege contra enfermedades
autoinmunes y trastornos neurodegenerativos. La salud digestiva se transforma así en un
pilar preventivo para la psiquiatría y la neurología.
Esta estructura nerviosa actúa como un sensor biológico que monitorea el estado
metabólico de los órganos internos de forma ininterrumpida. Según Mayer (2011), las
señales sensoriales que parten del intestino influyen en la toma de decisiones y en la
percepción del dolor. El tallo cerebral recibe este flujo constante de datos a través del
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núcleo del tracto solitario, en el cual se integra la información. Esta conexión asegura que
el cerebro responda con precisión a las demandas energéticas y de defensa del cuerpo. La
comunicación es tan estrecha que muchas funciones cognitivas superiores dependen de la
estabilidad de estos circuitos viscerales. Un fallo en esta vía de comunicación altera la
homeostasis y predispone al organismo a diversas patologías.
La complejidad de este sistema se profundiza al considerar que el nervio vago no
solo transmite datos mecánicos, sino que actúa como un transductor de señales químicas
complejas originadas en el microambiente intestinal. De acuerdo con Cryan y Dinan
(2012), esta comunicación neuroinmune es fundamental para la regulación del
comportamiento, ya que las aferencias vagales son capaces de detectar citoquinas y
neuropéptidos que informan al sistema nervioso central sobre el estado inflamatorio
periférico. Esta capacidad de quimiosensibilidad permite que el tallo cerebral no solo
coordine respuestas digestivas, sino que también module estados afectivos y niveles de
ansiedad, lo que sugiere que la salud mental está intrínsecamente ligada a la integridad de
la señalización que emerge desde el tejido visceral.
A partir de una perspectiva analítica y documental, esta integración redefine el
concepto de interocepción, lo que eleva la función visceral de un plano meramente
vegetativo a un componente esencial de la arquitectura cognitiva. Al respecto, Porges
(2011) sostiene en su teoría polivagal que la eficiencia de estos circuitos determina la
capacidad del individuo para autorregularse y responder al estrés ambiental. Por lo tanto,
el nervio vago deja de ser un simple conductor de impulsos para convertirse en el eje de
una red de inteligencia somática. La estabilidad de este flujo informativo garantiza que el
tallo cerebral pueda orquestar una respuesta adaptativa coherente, mientras que su
disfunción se traduce en una vulnerabilidad sistémica donde la frontera entre la
enfermedad física y el trastorno psicológico se vuelve prácticamente inexistente.
Interacción neuroendocrina: El papel del tono vagal en la regulación y liberación
hormonal
La eficiencia de esta red neuronal se mide a través del tono vagal, el cual guarda una
relación directa con el equilibrio hormonal. Una actividad vagal elevada favorece la
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liberación de hormonas que promueven la relajación y la recuperación celular. Bonaz et al.
(2018) explican que el nervio vago regula la secreción de insulina y otras hormonas
metabólicas esenciales para la vida. La variabilidad de la frecuencia cardíaca sirve como un
indicador confiable de este tono nervioso y del estado de salud general. Cuando el tono es
bajo, el cuerpo experimenta un exceso de cortisol y otras hormonas vinculadas con la
respuesta de alerta. Este desbalance hormonal perpetúa ciclos de fatiga y debilidad
inmunológica en el individuo. Por el contrario, un nervio vago activo facilita un ambiente
endocrino propicio para la regeneración y el bienestar emocional.
Esta dinámica hormonal se entiende con mayor profundidad al observar la
capacidad del nervio vago para actuar como un modulador del eje hipotálamo-pituitario-
adrenal (HPA). De acuerdo con Bonaz, Bazin y Pellissier (2018), la estimulación vagal ejerce
un efecto inhibitorio sobre la liberación de la hormona liberadora de corticotropina, lo
que reduce eficazmente los niveles circulantes de glucocorticoides en situaciones de
estrés crónico. Esta regulación no solo previene el desgaste metabólico, sino que también
protege la integridad de la barrera intestinal, la cual suele verse comprometida ante
niveles elevados de cortisol. Por tanto, el tono vagal no es simplemente un marcador de
relajación, sino un mecanismo de control neuroendocrino que determina la capacidad del
organismo para transitar desde estados de alerta defensiva hacia procesos de reparación y
almacenamiento de energía.
Vale destacar que la interdependencia entre el tono vagal y el entorno hormonal
sugiere que el bienestar emocional posee una base fisiológica profundamente anclada en
la comunicación visceral. Un tono vagal óptimo actúa como un freno biológico que impide
que la cascada neuroendocrina del estrés domine el paisaje fisiológico del huésped, esto
facilita, en cambio, la liberación de oxitocina y neurotransmisores asociados a la seguridad
y la resiliencia. En consecuencia, la salud sistémica no debe entenderse como la ausencia
de estímulos estresantes, sino como la competencia del nervio vago para restaurar la
homeostasis tras el desafío. Esta capacidad de recuperación, reflejada en la variabilidad de
la frecuencia cardíaca, se convierte en el pilar fundamental en el que convergen la salud
metabólica, la eficiencia inmunológica y la estabilidad psicológica del individuo.
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La microbiota y los procesos inflamatorios y sensoriales
La microbiota interviene de manera decisiva en los procesos inflamatorios y
sensoriales a través de sus metabolitos químicos. Las bacterias intestinales producen
sustancias que activan o inhiben los receptores del dolor en las terminaciones nerviosas
locales. Carabotti et al. (2015) sostienen que la interacción entre microbios y sistema
nervioso entérico determina la sensibilidad visceral de cada persona. Esta regulación
sensorial evita que estímulos digestivos normales se perciban como molestias o dolores
crónicos.
Además, los microorganismos modulan la barrera intestinal para prevenir que
agentes extraños inicien respuestas inflamatorias innecesarias. La diversidad de la
microbiota es, por tanto, un factor crítico en la prevención de síndromes de sensibilidad
central. El cerebro procesa estas señales bacterianas para ajustar el umbral de dolor y la
reactividad ante amenazas internas.
Esta modulación inmunológica se ve reforzada por la capacidad de ciertos
microorganismos para influir en el reclutamiento de células cebadas y la liberación de
mediadores proinflamatorios en la lámina propia del intestino. De acuerdo con Forsythe y
Kunze (2013), la comunicación entre la microbiota y las aferencias nerviosas no es un
fenómeno aislado, sino un diálogo constante donde las señales bacterianas pueden
silenciar la excitabilidad neuronal a través de canales de potasio específicos.
Esta interacción neuroquímica sugiere que una microbiota equilibrada actúa como
un analgésico endógeno, lo que eleva el umbral de activación de las fibras nociceptivas y
evitando la sensibilización periférica que caracteriza a los trastornos funcionales
digestivos. Así, la integridad del ecosistema microbiano se posiciona como el primer filtro
crítico en la jerarquía del procesamiento sensorial humano.
Reflexionar acerca del papel de la microbiota en la inflamación y la sensorialidad nos
obliga a reconsiderar el dolor visceral no solo como una señal biológica de daño, sino
como una manifestación del desequilibrio en la simbiosis huésped-microbio. Cuando la
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diversidad bacteriana disminuye, se pierde este control protector, lo que permite que
señales triviales se amplifiquen hasta alcanzar centros superiores en el tallo cerebral y la
corteza, consolidando cuadros de dolor crónico.
Por lo tanto, la salud sensorial depende de una especie de diplomacia molecular en
la cual los metabolitos bacterianos educan al sistema inmune para diferenciar entre
procesos fisiológicos normales y amenazas reales. En última instancia, la prevención de la
neuroinflamación sistémica comienza en la luz intestinal, donde la armonía microbiana
dicta la pauta de nuestra reactividad ante el entorno interno.
Mecanismos de control homeostático: El papel del nervio vago y la señalización
colinérgica
El nervio vago opera mediante vías colinérgicas que poseen una función
inmunomoduladora de gran relevancia clínica. La liberación de acetilcolina en las
terminales vagales inhibe la producción excesiva de mediadores inflamatorios en los
tejidos periféricos. De acuerdo con Forsythe et al. (2014), esta vía colinérgica es el
mecanismo principal por el cual el cerebro controla la respuesta inmune sistémica. La
estimulación de estas fibras nerviosas reduce la inflamación en órganos distantes como el
bazo y el hígado. Este control neuronal impide que una infección localizada se transforme
en una crisis inflamatoria generalizada y peligrosa. La integridad de la señalización
colinérgica depende en gran medida de los estímulos que provienen de la microbiota
intestinal sana. Así, el sistema nervioso y el inmunológico colaboran bajo la dirección de la
red vagal para mantener la salud.
Vale resaltar que la profundidad de este mecanismo se manifiesta en el denominado
arco reflejo inflamatorio, en el cual el nervio vago actúa como el puente de mando que
integra la detección de patógenos con una respuesta efectora inmediata. Según Tracey
(2009), la interacción entre el sistema nervioso y el inmunológico no es un evento fortuito,
sino una regulación jerárquica, mediante la cual, la acetilcolina se une a los receptores
nicotínicos alfa-7 en los macrófagos, de manera que bloquea eficazmente la liberación de
citoquinas proinflamatorias como el TNF. Este circuito neurofisiológico demuestra que el
cerebro posee la capacidad de calmar las tempestades inmunitarias antes de que
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comprometan la viabilidad del tejido, lo que establece una simbiosis funcional donde la
información sensorial del intestino dicta la intensidad de la vigilancia inmunológica
periférica.
Resulta importante señalar que la existencia de estas vías colinérgicas transforma
nuestra concepción de la inmunidad y la desplaza de un modelo puramente celular a uno
de control neural centralizado. Esta inmunología reflexiva implica que la resiliencia
biológica de un individuo no depende únicamente de la potencia de sus células de
defensa, sino de la agilidad del nervio vago para orquestar el retorno a la homeostasis. Al
considerar que los metabolitos de una microbiota diversa son los principales activadores
de estas rutas colinérgicas, se hace evidente que el equilibrio del ecosistema intestinal es
el garante silencioso contra la inflamación crónica. Por tanto, fortalecer la salud vagal a
través de la nutrición y el manejo del estrés no es solo una medida preventiva, sino una
estrategia crítica para mantener la cohesión entre la mente y los sistemas de defensa
biológica.
Modulación de la red de citoquinas por la microbiota intestinal: Implicaciones en la
inflamación sistémica
La relación entre la microbiota y las citoquinas define el nivel de inflamación de bajo
grado en el organismo humano. Ciertas cepas bacterianas promueven la síntesis de
citoquinas antiinflamatorias que circulan por todo el torrente sanguíneo. Bienenstock et
al. (2015) demuestran que el perfil inmunológico de un individuo refleja fielmente la
composición de su microbioma digestivo. Las bacterias patógenas, por el contrario,
estimulan la producción de citoquinas proinflamatorias que dañan los tejidos y afectan el
estado de ánimo. Estas moléculas mensajeras cruzan la barrera hematoencefálica y
alteran la función de las neuronas y las células gliales. El nervio vago actúa como un sensor
que detecta estos niveles de citoquinas y envía alertas inmediatas al centro de control
cerebral. Por esta razón, el manejo del microbioma es una estrategia eficaz para modular
la respuesta inmune global.
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La relevancia de este intercambio molecular se hace más evidente al analizar cómo
las citoquinas no solo actúan como señales de alarma, sino como moduladores de la
plasticidad sináptica. Según Raison, Capuron y Miller (2006), la exposición crónica a
citoquinas proinflamatorias derivadas de una disbiosis intestinal puede inducir cambios
neurobiológicos que se manifiestan como conductas de enfermedad, caracterizadas por
anhedonia y fatiga.
Este fenómeno ocurre porque el sistema inmune periférico, al comunicarse con el
cerebro a través de las aferencias vagales y las vías humorales, reprograma la actividad de
los neurotransmisores. Así, la microbiota no solo influye en la respuesta física, sino que, al
dictar el perfil de citoquinas circulantes, establece el tono afectivo y la capacidad de
resiliencia cognitiva del huésped.
También se debe destacar el hecho de que la interacción entre microbiota y
citoquinas sugiere que la inflamación de bajo grado es, en esencia, un fallo en la
comunicación diplomática entre nuestros simbiontes y el sistema inmunitario. Esta
perspectiva rompe con el dualismo tradicional entre cuerpo y mente, al revelar que un
estado de ánimo deprimido o una fatiga persistente pueden ser el resultado de una
tormenta silenciosa de citoquinas originada en el intestino. Por lo tanto, la salud integral
depende de una ecología interna en la que la diversidad microbiana actúe como un
amortiguador inmunológico que transforme potenciales señales de agresión en mensajes
de estabilidad. En última instancia, el equilibrio de estas moléculas mensajeras es el que
permite que el sistema nervioso funcione sin la interferencia del ruido inflamatorio, lo que
garantiza una homeostasis que es tanto biológica como emocional.
El eje neurovisceral: El nervio vago como mediador biológico de la salud mental
El nervio vago desempeña un papel protagónico en el mantenimiento de la salud
mental y la estabilidad afectiva. La estimulación de este nervio modifica la actividad en
áreas cerebrales relacionadas con la depresión y la ansiedad severa. Cryan y Dinan (2012)
argumentan que la microbiota actúa como una especie de marcapasos biológico para la
salud mental a través del eje vagal. Las señales que viajan desde el intestino hacia la
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corteza prefrontal influyen en la capacidad de resiliencia ante eventos traumáticos. Un
sistema digestivo poblado por microorganismos beneficiosos garantiza un flujo constante
de señales positivas hacia los centros emocionales. La psiquiatría moderna reconoce hoy
que el tratamiento de los trastornos mentales requiere una atención especial al
ecosistema microbiano. El bienestar de la mente nace de una comunicación fluida y sana
entre las entrañas y el cerebro.
Esta interdependencia entre la ecología intestinal y el equilibrio psíquico se
consolida a través de la modulación de neurotransmisores clave en las áreas límbicas.
Según Bravo et al. (2011), la ingesta de cepas probióticas específicas es capaz de reducir
los niveles de corticosterona y atenuar comportamientos ligados a la ansiedad mediante
cambios en la expresión de receptores de GABA en el cerebro, un efecto que desaparece
por completo cuando se realiza una vagotomía. Este hallazgo es fundamental, pues
demuestra que el nervio vago no es un actor secundario, sino el conductor imprescindible
para que los beneficios neuroquímicos de la microbiota alcancen el sistema nervioso
central. De este modo, la integridad del vago determina si el cerebro recibe un mensaje de
seguridad química o una señal de alerta constante, lo que moldea la arquitectura de
nuestra respuesta emocional.
En este sentido, entender la salud mental a través del prisma del nervio vago nos
permite transitar de un modelo de desequilibrio químico cerebral a uno de desconexión
biológica sistémica. Esta visión sugiere que muchos estados de angustia o desesperanza
no tienen su origen exclusivo en la mente, sino en una comunicación distorsionada entre
las entrañas y el pensamiento, donde el ruido inflamatorio y la disbiosis actúan como
estática en la señal vagal.
Al reconocer al nervio vago como el guardián de la paz interna, la salud mental deja
de ser un concepto abstracto para convertirse en una práctica de cuidado biológico
integral. En última instancia, cultivar una microbiota sana y un tono vagal fuerte
representa la forma más primaria de resiliencia, la cual permite que el individuo recupere
la soberanía sobre su estado anímico a través de la armonía de sus propios sistemas
internos.
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Sinergia Neurogástrica: Papel de la microbiota en la homeostasis del sistema nervioso
central
Para complementar este artículo es fundamental hablar sobre la influencia
neurogástrica que tienen los microorganismos en el individuo. En este sentido, Henn et
al. (2024), en la patente de Composiciones bacterianas sinérgicas y métodos de
producción y utilización de las mismas describen tres cepas productoras de esporas
identificadas como: Clostridium orbiscindens, Clostridium tertium y Coprococcus comes
que pueden disminuir y/o inhibir de forma sinérgica el crecimiento y/o colonización de
algunos tipos de bacterias patógenas en el tracto gastrointestinal humano.
Estas cepas son seleccionadas por su capacidad de realizar una resistencia a la
colonización. Esto significa que, al trabajar juntas, optimizan el consumo de nutrientes y
ocupan nichos ecológicos específicos en el colon, impidiendo que bacterias oportunistas o
patógenas encuentren los recursos necesarios para multiplicarse. Además, estas cepas
específicas son conocidas por producir metabolitos secundarios (como ácidos grasos de
cadena corta) que acidifican levemente el entorno, creando un ambiente hostil para los
patógenos. Estas cepas afectan positivamente la salud intestinal al inhibir o disminuir el
crecimiento de microorganismos como: Clostridioides difficile, Enterobacteriaceae,
Escherichia coli, Enterococcus faecalis. Estas son cepas oportunistas que crecen después
del consumo de antibióticos de amplio espectro o trastornos alimenticios y del ánimo.
La combinación de Clostridium o, Clostridium T y Coprococcus c estabiliza el
microbioma, lo cual reduce la presencia de bacterias proteolíticas que contribuyen a
ciertas patologías; este consorcio no solo ataca al patógeno directamente, sino que
restaura la red metabólica del intestino, fortaleciendo la inmunidad local y evitando
futuras reinfecciones.
Para Anseel y Blatchford (2025) en su patente titulada composición de kiwi amarillo
y procedimientos de preparación y uso de las mismas establecen la importancia de esta
fruta como alimento o prebiótico que fomenta la recolonización y aumento del porcentaje
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de la bacteria Faecalibacterium prausnitzii en el intestino grueso. El tracto gastrointestinal
alberga más de mil especies bacterianas concentradas mayoritariamente en el colon. Una
microbiota equilibrada es fundamental para la salud, lo que influye en la inmunidad y en la
absorción de minerales, la regulación del apetito y la protección contra patógenos.
Vale destacar que existen factores como la dieta, el estrés, la genética o los
xenobióticos que pueden causar disbiosis (desequilibrio), que hacen al huésped más
susceptible a enfermedades, por tanto, Faecalibacterium prausnitzii es una de las especies
más abundantes en adultos sanos, representando típicamente más del 5% de la
microbiota colónica. Tiene propiedades antiinflamatorias demostradas in vivo, sus niveles
bajos se asocian con el Síndrome del Intestino Irritable (SII), enfermedad de Crohn, colitis
ulcerosa, diabetes y atopia.
También promueve la salud mediante la secreción de metabolitos que estimulan
citocinas antiinflamatorias y, fundamentalmente, mediante la producción de grandes
cantidades de butirato, lactato y formiato a través de la fermentación de carbohidratos
complejos como fibra. De aquí la importancia de los prebióticos como el indicado
anteriormente para mejorar el estreñimiento y la calidad de vida de las personas, evitando
complicaciones típicas crónicas como fisuras anales, hemorroides, prolapso rectal,
obstrucción intestinal entre otros.
Un simbionte descrito en la última década denominado Akkermansia muciniphila
juega un papel importante según lo refieren Ko et al. (2019) en su patente Akkermansia
muciniphila y composición para controlar el apetito o prevenir, mejorar, aliviar y tratar
enfermedades metabólicas que la comprenden.
Los autores indican que la frontera de la medicina actual se desplaza hacia el
aprovechamiento de componentes biológicos específicos, como la proteína B2UM07 o el
propio medio de cultivo de esta cepa para intervenir en procesos fisiológicos complejos.
Más allá de ser una simple bacteria intestinal, este microorganismo actúa como un centro
de control metabólico que no solo promueve la pérdida de peso y el equilibrio de la
glucosa, sino que activa mecanismos avanzados de supervivencia y eficiencia energética.
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Al estimular la secreción de hormonas reguladoras del apetito (como el GLP-1) e
inducir la actividad de la grasa parda, la ciencia está logrando que el cuerpo pase de un
estado de almacenamiento de energía a uno de consumo eficiente. Esta visión integral nos
recuerda que la lucha contra la obesidad y la diabetes no depende solo de la voluntad
individual, sino de la restauración de una armonía química y microbiana profunda que
protege tanto el corazón como el cerebro y es desde esta perspectiva desde la cual es vital
la sinergia entre el microbioma humano y los diferentes sistemas que lo conforman.
Reflexiones finales
La maduración del sistema nervioso central ocurre en estrecha coordinación con la
colonización del tracto digestivo. Sampson y Mazmanian (2015) postulan que los
microbios influyen en la poda sináptica y en la función de la microglía desde el nacimiento.
Estas células inmunitarias del cerebro responden a señales moleculares que viajan a través
de la vía vagal. Una microbiota empobrecida durante la infancia se correlaciona con un
desarrollo atípico de las áreas vinculadas al control de impulsos. La presencia de bacterias
comensales garantiza que el nervio vago transmita impulsos que promueven la
neurogénesis en el hipocampo. Por tanto, la salud cognitiva de un adulto depende de los
eventos microbianos de sus primeros años de vida.
La relevancia clínica del eje cerebro-intestino-microbiota se manifiesta en el
tratamiento de enfermedades crónicas. Rhee et al. (2009) indican que la disfunción de
este circuito contribuye a la hipersensibilidad visceral y al dolor abdominal recurrente. El
nervio vago actúa como un filtro que procesa la información del lumen intestinal antes de
enviarla al tálamo.
Los desequilibrios en la flora bacteriana alteran este filtro y provocan una
percepción distorsionada de los procesos digestivos normales. La restauración de la
diversidad microbiana mediante cambios dietéticos mejora la comunicación eléctrica en
estas fibras nerviosas. Este enfoque integrador permite abordar trastornos que antes se
consideraban puramente psicológicos o somáticos.
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La neurobiología moderna identifica en los microorganismos intestinales a los
principales productores de precursores químicos. Fulling et al. (2019) destacan que la
disponibilidad de triptófano, esencial para la síntesis de serotonina, depende de la
actividad bacteriana. El nervio vago monitorea la concentración de estos precursores y
ajusta la actividad neuronal en el tallo cerebral.
Esta regulación influye en el ciclo del sueño, el apetito y la capacidad de
concentración del individuo. La interacción entre los metabolitos de la dieta y la
microbiota define el tono neuroquímico del huésped. En consecuencia, el fortalecimiento
de la vía vagal mediante una nutrición adecuada optimiza el rendimiento intelectual y la
resiliencia biológica.
Vale considerar que la microbiota no habita en el intestino de forma aislada, sino
que dirige una red de información compleja y vital. Los diez autores consultados coinciden
en que la estimulación de las fibras vagales por metabolitos bacterianos previene estados
inflamatorios sistémicos.
Este artículo reflexivo subraya la necesidad de considerar al microbioma como un
componente esencial en la medicina neurológica. El futuro de la terapia clínica reside en la
manipulación precisa de este ecosistema para sanar la mente desde el núcleo de las
vísceras. La armonía entre bacterias y neuronas constituye la base de la supervivencia
humana.
Es fundamental reconocer que el equilibrio de la salud humana reside en la
organización precisa de géneros bacterianos que actúan como guardianes metabólicos y
estructurales de nuestro organismo (eubiosis). En este complejo escenario, Akkermansia
muciniphila destaca no solo por su capacidad para fortalecer la barrera de mucina
intestinal, sino por su papel disruptivo en la medicina metabólica al influir en la secreción
de GLP-1 y en la activación de la grasa parda.
Junto a ella, Faecalibacterium prausnitzii ejerce una labor indispensable como
productor de butirato, un metabolito que silencia procesos inflamatorios sistémicos y
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nutre a las células del colon, demostrando que la integridad física depende de la vitalidad
de estos habitantes microscópicos que transforman la fibra en salud.
La interacción entre el microbioma y el sistema neurológico se profundiza al
observar cepas especializadas en la modulación de neurotransmisores y la protección
cardiovascular. El género Lactobacillus ha sido ampliamente documentado por su facultad
para regular el eje intestino-cerebro, mejorando la respuesta al estrés y la inmunidad
mediante la acidificación del entorno digestivo que impide la proliferación de patógenos.
Simultáneamente, especies como Coprococcus comes emergen como piezas clave en la
salud mental, ya que su presencia se ha vinculado con la producción de precursores de la
dopamina, sugiriendo que la resiliencia psicológica tiene una raíz biológica profunda en la
composición de nuestras comunidades bacterianas.
Por otro lado, la complejidad del ecosistema se manifiesta en la especialización de
cepas como Clostridium orbiscindens y Clostridium tertium, las cuales desempeñan roles
específicos en la degradación de flavonoides y en la gestión de la inmunidad mucosal. De
igual modo, C. orbiscindens es capaz de transformar polifenoles de la dieta en compuestos
activos que protegen el sistema circulatorio, evidenciando que nuestra capacidad para
extraer beneficios de los alimentos está mediada por estas herramientas vivas. Estos
microorganismos no son meros pasajeros, sino ingenieros químicos que procesan la
materia orgánica para prevenir la aparición de enfermedades crónicas y degenerativas,
actuando como la primera línea de defensa neuroendocrina.
Es por ello que, esta red de información vital subraya que el futuro de la práctica
clínica debe orientarse hacia la manipulación precisa de este ecosistema para sanar el
cuerpo y la mente desde su núcleo visceral. La integración de cepas como la Akkermansia
en terapias contra la obesidad y la diabetes tipo 2 representa un cambio de paradigma
hacia una medicina más natural y menos invasiva.
La armonía entre bacterias y neuronas no es una casualidad evolutiva, sino la base
de la supervivencia humana; entender que cada género, desde el Lactobacillus hasta el
Coprococcus, es un eslabón insustituible, nos permite visualizar al microbioma como el
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componente esencial para alcanzar una longevidad saludable y una plenitud neurológica
sin precedentes.
Por otro lado, vale destacar que la educación es clave en este tema. Actualmente
abunda el conocimiento, así como la desinformación. El microbioma intestinal humano es
extraordinariamente complejo y solo se han descrito algunas cepas mencionadas en este
artículo. Algunas patologías desarrolladas por algunos seres humanos a lo largo de su vida
son denominadas disbiosis y la alimentación con prebióticos y probióticos, podría con
supervisión médica apropiada mejorar considerablemente la salud humana en general.
Resulta importante describir a manera de cierre que la interconexión entre el nervio
vago, las vísceras y el tallo cerebral representa una red de comunicación bidireccional que
trasciende la simple digestión para convertirse en el eje central de la homeostasis
neurogástrica. Esta vía permite que el tono vagal, en sintonía con las hormonas y los
procesos sensoriales, actúe como un interruptor biológico capaz de regular los estados
inflamatorios sistémicos y la salud mental.
La importancia de los microorganismos radica en su capacidad para actuar como
directores químicos de este ecosistema; mediante la secreción de metabolitos y la
interacción con las vías colinérgicas, por su parte, la microbiota modula la liberación de
citoquinas y otros mediadores inmunitarios, lo que ayuda a proteger al organismo de la
neuroinflamación y el estrés oxidativo.
Para finalizar, se puede describir que la armonía de este eje demuestra que la
supervivencia humana y el equilibrio psicológico dependen de una manipulación precisa
de las comunidades bacterianas y su influencia en el sistema nervioso. Al considerar al
microbioma como un componente esencial en la medicina neurológica, se entiende que la
regulación del apetito, la homeostasis de la glucosa y la función cardiovascular procesos
mediados por hormonas son en realidad manifestaciones de una simbiosis profunda entre
bacterias y neuronas.
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En última instancia, la salud reside en la capacidad de estas señales microbianas
para viajar a través del nervio vago hasta el núcleo de las vísceras, consolidando una
frontera donde la biología intestinal y la integridad mental se fusionan en un solo sistema
de información vital.
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nervioso central. Dialógica, Revista Multidisciplinaria, 23(2), 391-413.
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Síntesis curricular
Joel Moreno
Magister en enseñanza de la biología. Profesor de Biología. Coordinador de la línea de
investigación Técnicas y recursos biotecnológicos dirigidos al desarrollo y estudio microbiológico
vegetal y animal del NIRIEB. Profesor instructor a tiempo completo de la UPEL Maracay en la
especialidad de Biología.
Andreina Rodríguez
Magister en Orientación de la Conducta. Profesora de Biología. Especialista en Planificación y
Evaluación Educativa. Profesora en categoría de Instructor de la unidad curricular Ciencias de la
tierra de la UPEL Maracay. Integrante del Núcleo de investigación NIAFE en la UPEL- Maracay.
Mayra Vásquez
Doctora en ciencias de la educación. Magister en enseñanza de la Biología. Profesora de Biología,
titular a dedicación exclusiva de la UPEL Maracay en la especialidad de Biología. Coordinadora
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Moreno, J., Rodríguez, A. y Vásquez, M. (2026). Sinergia entre el microbioma humano y el sistema
nervioso central. Dialógica, Revista Multidisciplinaria, 23(2), 391-413.
https://doi.org/10.56219/dialgica.v23i2.5885
General de postgrado de la UPEL Maracay. Coordinadora del núcleo NIRIEB, y de la línea de
investigación Educación Sexual y Salud.