
https://doi.org/10.56219/letras.v66i108.5534
vocales átonas (covar, fico)
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y sobre todo el mantenimiento de la aspirada /h/, evidente en
jarto y jecho y con más dudas en ajumo o jumera
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(Toscano Mateus, 1953, p. 65, 992, 5-6).
Dentro ya de los elementos que presentan cierta restricción diatópica, la revisión de
un corpus lexicográfico de referencia —compuesto por el DLE (2014), el DAMER (2010) y
Morínigo (1998)— permite detectar diferencias muy marcadas entre ellos, lo que implica que
su interés dialectológico no sea siempre el mismo. Así, cabe señalar en primer lugar las voces
que se extienden por zonas muy amplias del continente (cantaleta, jején, marimba, ramada)
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y que, si bien identifican al español americano en su conjunto, no individualizan a las
variedades de Ecuador dentro de este, de manera que poseen un valor relativo para la
caracterización lingüística del habla esmeraldeña; junto a estas, se detectan también otras
geográficamente más restringidas según el DAMER y el DLE que se recogen en las páginas
de tales obras, sin embargo, sin la marca diatópica Ecuador —por ejemplo, carrao (Co, PR,
RD, Ve), latido 'ladrido' (Bo, CR, ES, Gu, Pa, Ve), pericoligero (Bo, Co, Pa) o quebracho
(Ar, Bo, Py)—, por lo que su localización en el glosario de Juyungo permite precisar más su
extensión diatópica y añadir al conjunto de zonas en las que se emplean, si no todo el país, al
menos la provincia de Esmeraldas.
Ahora bien, no cabe duda de que las unidades léxicas más interesantes del glosario
son aquellas que en la bibliografía se adscriben al español ecuatoriano. A este respecto, es
importante señalar en primer lugar que en muchas ocasiones estas voces permiten detectar
las grandes áreas a las que, desde el punto de vista del vocabulario, se incorporan las hablas
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Por lo que se refiere al primero de los vocablos, se ha dicho ya que el propio Ortiz lo define como “barbarismo
de cavar” (p. 261), si bien la aparición de tal forma en Venezuela con el valor de 'levantar y mover la tierra con
la azada' (DAMER, 2010: s.v. covar) obliga a preguntarse si el cambio vocálico se debe interpretar como
fenómeno fónico; en cuanto al segundo, téngase en cuenta que la modificación vocálica se puede entender
también como una regularización de la marca de género, mediatizada, por tanto, por lo morfológico.
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Por supuesto, en ninguno de estos dos últimos ejemplos se duda de la presencia de una aspiración, si bien en
ambas unidades léxicas el interés dialectal no se circunscribe específicamente a lo fónico, al mostrar un
significado regional o si se quiere no estándar: en el primer caso, ‘del verbo ajumarse, que significa
emborracharse’; en el segundo, ‘borrachera’ (p. 259, 263).
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Se consideran como tales aquellas que, de acuerdo con DAMER (2010) y DLE (2014), se emplean en al
menos diez países de Hispanoamérica. En concreto, la distribución de las citadas es la siguiente: cantaleta (Bo,
Co, Cu, Ec, ES, Gu, Ho, Mx, Ni, Pa, Pe, PR, RD, Ve), jején (Ar, Bo, Ch, Co, CR, Cu, Ec, ES, Gu, Ho, Mx, Ni,
Pa, Pe, Py, RD, Uy, Ve), marimba (Bo, Co, CR, Ec, ES, Gu, Ho, Mx, Ni, Pa, PR, Py, RD, Ve) y ramada (Ar,
Bo, Ch, Co, Cu, Ec, ES, Ho, Mx, Ni, Pe, RD, Ve).