UNA MIRADA DE RACIONALIDADES PEDAGÓGICAS EN LA ENSEÑANZA DE LAS MATEMÁTICAS
de movilidad y, simultáneamente, una experiencia
de exigencia y selección.
epistemológica del estudiantado y su disposición a
participar. De ahí que la arquitectura teórica
proyectada se orientara a comprender cómo las
racionalidades pedagógicas se entrelazaron con ese
momento escolar específico, configurando sentidos
que oscilaron entre la comprensión y el trámite,
entre el reconocimiento y la amenaza del error
como marca identitaria.
Desde un fundamento filosófico, y en
continuidad con Gadamer (1960), el eslabón
teórico se sostuvo en la idea de que comprender
constituye un acontecer interpretativo que se
despliega en el lenguaje y en el diálogo, donde el
sentido se produce a partir del encuentro entre
horizontes. Esta perspectiva resultó decisiva para
comprender la enseñanza de las matemáticas como
experiencia donde el conocimiento se vuelve
apropiable cuando el aula permite interrogación,
explicación y argumentación, y cuando la
comprensión deja de ser repetición para convertirse
en interpretación situada.
Por ello, las racionalidades pedagógicas se
entendieron como horizontes que abrieron o
estrecharon posibilidades de comprensión: allí
donde la enseñanza promovió la conversación
matemática y el reconocimiento de la experiencia
del estudiante, el sentido emergió con mayor
densidad; en cambio, cuando predominó la
transmisión y la evaluación sancionatoria, se
produjo un tipo de relación con el saber marcada
II.
SÍNTESIS TEÓRICA
Al considerar la naturaleza de la enseñanza
de las matemáticas en educación media, la mirada
se orientó hacia las tramas de significado que
organizaron la experiencia escolar, más allá de la
visibilidad inmediata de estrategias o secuencias
didácticas.
En
esa
dirección,
la
categoría
racionalidades pedagógicas se asumió como un
constructo de alta potencia interpretativa, porque
permitió comprender el orden de razones que
sostuvo las decisiones de aula vinculadas con la
explicación, la selección de tareas, los ritmos de
trabajo, la participación, el tratamiento del error y
el lugar otorgado a la evaluación. De este modo,
dichas
racionalidades
se
expresaron
como
gramáticas implícitas que estructuraron el modo de
conducir la experiencia matemática y, a la vez,
delinearon los márgenes dentro de los cuales el
estudiantado produjo sentidos sobre lo que
significa aprender.
De manera complementaria, el constructo
producción
de
sentido
del
aprendizaje
se
comprendió como un proceso situado mediante el
cual el aprender matemáticas se configuró como
experiencia de inteligibilidad, valor y pertenencia.
Por consiguiente, el sentido no se redujo a una
reacción individual ni a una variable psicológica
aislada, sino que se reconoció como resultado de
interacciones, expectativas, lenguajes evaluativos y
formas de reconocimiento que atraviesan la vida
cotidiana del aula. En ese marco, el sentido se
manifestó tanto en narrativas explícitas lo que
docentes y estudiantes dijeron sobre aprender como
en disposiciones sedimentadas lo que se sostuvo, se
evitó o se temió—, las cuales se consolidaron en el
tiempo como orientaciones hacia el saber
matemático y hacia sí mismos como aprendices.
Así, el constructo educación media se asumió
por
distancia
y
opacidad.
De
manera
complementaria, y en consonancia con van Manen
(1990), la fenomenología hermenéutica aportó un
lente para reconocer que el significado educativo se
revela en la textura de la experiencia vivida: cómo
se experimentó el aprender, qué se sintió al explicar
en público, qué huella dejó la evaluación, cómo se
vivió el error, y qué significó “entender” o “no
entender” en un momento específico.
En esta línea, la arquitectura teórica se nutrió
de relatos y vivencias, reconociendo que la
educación media no se reduce a planes y
estándares, sino que se expresa en atmósferas,
gestos, silencios, miradas y rituales escolares que
configuran el sentido del aprendizaje. Así, la
experiencia matemática se interpretó como un
tejido donde se cruzaron comprensión, emoción y
reconocimiento, articulando disposiciones que
fortalecieron o debilitaron la relación con el saber.
A su vez, y en continuidad con Bourdieu (1979), la
como un umbral de tránsito identitario y decisional
en
el
que
se
intensificaron
presiones
institucionales, comparaciones de desempeño y
expectativas de futuro. En esa etapa, la enseñanza
de las matemáticas adquirió un peso simbólico
particular, pues la experiencia matemática se
vinculó con discursos de mérito, capacidad y
legitimación,
afectando
la
confianza
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Sinopsis Educativa • Año 26 • Edición Extraordinaria N.º 1 • Marzo 2026