DIMENSIONES DEL PERFIL SOCIOAFECTIVO DOCENTE PARA LA HUMANIZACIÓN DEL PROCESO DE ENSEÑANZA EN
BÁSICA PRIMARIA
realizado con docentes de la Institución Educativa
didácticas concretas mediante las cuales el docente
materializa su perfil socioafectivo en el aula. Los
Rural Carlos García Mayorca del departamento del
Magdalena, Colombia, evidenciaron que la empatía
constituye el factor primordial en la consolidación
del aprendizaje significativo, en tanto permite al
educador comprender las sensaciones, dificultades
y resistencias del estudiante desde una postura de
acogida pedagógica genuina. La autoconciencia
afectiva, por su parte, emergió en los discursos
como la capacidad de los docentes para reconocer
cómo sus propios estados emocionales —el estrés,
la fatiga vocacional, la satisfacción profesional—
inciden directamente sobre la calidad de las
interacciones pedagógicas cotidianas.
participantes
participativas —círculos de diálogo, aprendizaje
cooperativo, proyectos de aula
interdisciplinarios— instrumentos
privilegiados para experiencias de
describieron
metodologías
como
crear
los
aprendizaje que integran simultáneamente la
dimensión cognitiva y la socioafectiva. Carvajal et
al. (2022) argumentaron que la formación
socioafectiva debe articularse con la formación
pedagógica y disciplinar, condición que en la
presente
investigación
se
verificó
como
parcialmente satisfecha: si bien los docentes
reportaron una genuina disposición humanizante,
señalaron carencias en la formación inicial recibida
para traducir esa disposición en estrategias
sistemáticas y evaluables. El estudio de Casagallo
Una segunda categoría nuclear, articulada
con la anterior pero de naturaleza relacional, es el
vínculo afectivo pedagógico, definido en esta
investigación
como
el
conjunto
de
lazos
intersubjetivos, construidos en la cotidianidad del
aula, que dotan de sentido humano al proceso de
enseñanza y aprendizaje. Pichon-Rivière (1985)
fundamentó teóricamente que el proceso de
enseñanza-aprendizaje se sostiene en los vínculos
afectivos establecidos entre docentes y estudiantes;
argumento que las investigaciones de Hargreaves
(2005) ratificaron al demostrar que los docentes
realizan una inversión emocional de alto valor en
esas relaciones y que su sentido de logro y
satisfacción profesional depende sustancialmente
de ellas. En el contexto colombiano, el estudio
comparativo de Godoy y Campoverde (2016), que
analizó casos en Argentina, Colombia y Ecuador,
evidenció que la afectividad constituye la dinámica
motivadora del proceso de enseñanza-aprendizaje y
que su ausencia produce desequilibrios psíquicos
tanto en estudiantes como en docentes. Los
hallazgos del presente trabajo confirman que el
vínculo afectivo pedagógico se manifiesta en tres
et
al.
(2023),
desde
una
perspectiva
latinoamericana, demostró que la pedagogía del
amor y la ternura produce mejoras observables en
la motivación, el rendimiento académico y el
bienestar emocional de los estudiantes cuando el
docente incorpora estrategias de empatía y
adaptabilidad como núcleo de su práctica. Los
hallazgos colombianos matizan este resultado, al
revelar que la eficacia de la práctica pedagógica
humanizante está condicionada por las variables
contextuales —disponibilidad de tiempo, tamaño
del grupo, infraestructura escolar y apoyo
institucional— que limitan o potencian el
despliegue de las competencias socioafectivas del
docente.
La cuarta categoría, identidad vocacional y
ética del cuidado, surgió de manera transversal en
todos los relatos y remite a la dimensión más
profunda del perfil socioafectivo docente: el
sentido de responsabilidad moral hacia el otro
como horizonte que da fundamento a la práctica
educativa. Noddings (2005) formuló la ética del
cuidado como principio pedagógico rector,
argumentando que la relación educativa no puede
reducirse a términos técnicos o funcionales, sino
que se sostiene, fundamentalmente, en el
compromiso del docente con el cuidado y la
formación ciudadana del estudiante. López (2019)
amplió esta perspectiva al proponer que el amor
pedagógico, entendido como disposición activa
hacia el desarrollo pleno del otro, es el eje
vertebrador de las buenas prácticas docentes y el
indicadores
observables:
el
aprendizaje
significativo —que solo es posible cuando el
estudiante se siente reconocido y valorado—, el
sentido de pertenencia institucional y la motivación
intrínseca para participar activamente en las
dinámicas de aula. La ruptura de este vínculo,
detectada en algunos testimonios, correlacionó con
situaciones de desmotivación estudiantil, bajo
rendimiento y, en casos extremos, con abandono
escolar temprano.
La tercera categoría, denominada práctica
pedagógica humanizante, engloba las actuaciones
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Sinopsis Educativa • Año 26 • Edición Extraordinaria N.º 1 • Marzo 2026