LA FENOMENOLOGÍA DE LA PLENITUD EN LA GERENCIA: MÁS ALLÁ DE LA SATISFACCIÓN LABORAL HACIA
UNA ONTOLOGÍA DEL TRABAJO HUMANISTA.
Levinas (1977) sostiene que la ética es la filosofía
La plenitud del individuo no debe ser vista
como un obstáculo para la productividad, sino
como la base ontológica sobre la cual se asienta
cualquier desarrollo organizacional sostenible a
largo plazo. Al mediar de manera asertiva, el
gerente promueve una cultura donde la creatividad
y la innovación emergen espontáneamente del
bienestar subjetivo y no de la presión externa. Esta
visión humanista permite que la gerencia deje de
ser una técnica de dominación para transformarse
en una disciplina de la esperanza que apuesta por la
emancipación del sujeto. La propuesta de Melecio
Aponte Torrealba se inserta aquí como una matriz
de pensamiento que ofrece respuestas lógicas y
robustas a la crisis de sentido del trabajo
contemporáneo. Al final, la mediación gerencial
busca que la empresa sea un espacio de vida donde
el "ser" y el "hacer" converjan en una armonía
éticamente fundamentada.
primera, lo que implica que antes de cualquier
contrato laboral existe una obligación ineludible
hacia la integridad del prójimo. Bajo este prisma,
ser un gerente asertivo no consiste en imponer una
opinión con cortesía, sino en garantizar que la voz
del subordinado sea reconocida en su plena
dignidad humana. Esta asertividad humanista
fractura el solipsismo gerencial para dar paso a una
gestión basada en la justicia y la alteridad absoluta.
Esta dimensión ética de la asertividad
transforma la cultura organizacional al erradicar la
violencia simbólica que suele esconderse tras el
lenguaje técnico y las instrucciones directivas.
Cuando el gerente reconoce la alteridad, el diálogo
deja de ser una herramienta de manipulación
estratégica para convertirse en un encuentro
fenomenológico
donde
ambos
sujetos
se
transforman. Esta perspectiva de Levinas desafía la
visión de la satisfacción laboral como un estado
solitario, proponiendo en su lugar un bienestar
relacional cimentado en el respeto y el cuidado
mutuo. La promoción asertiva de las funciones
gerenciales se traduce, entonces, en la creación de
una comunidad de lenguaje donde el silencio del
otro no es ignorado, sino escuchado con
profundidad. Es en este reconocimiento del Rostro
donde la gerencia humanista encuentra su
justificación más elevada y su mayor poder de
transformación social.
La asertividad en la gerencia humanista debe
ser redefinida como una ética de la responsabilidad
absoluta por el Rostro del colaborador, evitando
que la comunicación sea un mero trámite
administrativo. Levinas (1977) argumenta que el
encuentro con el Otro es el fundamento de toda
moralidad, lo que obliga al gerente a ver en el
subordinado una alteridad que no puede ser
totalmente comprendida ni controlada. Esta postura
desafía la arrogancia del liderazgo tradicional, que
pretende conocer al trabajador a través de perfiles
El papel fundamental del gerente en la
posmodernidad es actuar como un mediador
dialéctico entre las exigencias frías de la
productividad sistémica y el deseo ardiente de
plenitud del individuo. Esta mediación requiere una
sabiduría práctica que impida que la racionalidad
económica devore el mundo de vida del trabajador,
manteniendo un equilibrio entre los fines y los
medios. Para Marcuse (1964), la civilización
industrial tiende a crear hombres unidimensionales
que solo responden a los estímulos del consumo y
la producción, riesgo que la gerencia humanista
debe mitigar activamente. El gerente, por tanto, se
convierte en un traductor que dota de propósito
humano a los objetivos corporativos, permitiendo
que el trabajador encuentre sentido en su labor
cotidiana. Esta función mediadora es la que
garantiza que la organización no se convierta en
una "institución total" de alienación.
psicológicos
o
evaluaciones
de
desempeño
estandarizadas que omiten su misterio existencial.
La comunicación asertiva, bajo este prisma, es el
reconocimiento de que la presencia del otro me
interpela y me exige una respuesta justa y solidaria.
De este modo, la función gerencial se eleva a una
diaconía del talento, donde el poder es sustituido
por el servicio a la plenitud ajena.
Esta dimensión ética transforma la toma de
decisiones, pues ya no se evalúan solo los costos
financieros, sino el impacto humano y existencial
de cada directriz sobre la vida de los trabajadores.
El
gerente
humanista
reconoce
que
cada
instrucción afecta la biografía de un ser humano, lo
que demanda una asertividad que no atropelle, sino
que invite a la colaboración consciente. Esta
mediación entre la productividad y la plenitud
exige que el líder actúe como un filósofo en la
acción, capaz de discernir entre lo urgente y lo
importante en términos de dignidad personal. Al
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Sinopsis Educativa • Año 26 • Edición Extraordinaria N.º 1 • Marzo 2026